Había una vez… (III)

… una Caperucita que perseguía a un lobo.

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Ana María, un árbol en Chapultepec

Ana María es como uno de los árboles de Chapultepec, pero mucho más chiquita y con el pelo blanco y no verde. Siempre está sentada al pie del camino en un banco, pasando las horas con los pies juntitos entre la sombra y las ardillas. Me acerco y la miro en silencio.

“Si les ofreces comida así – dice mientras alarga el brazo con la mano hecha un cuenquito  – las ardillas comen de tu palma”. Pero ella no lo hace porque está ocupada. Ana María tricota una bufanda verde, despacito, ignorando a las ardillas que corren por el respaldo de su banco y se asoman por encima del hombro a curiosear. Las ardillas de Chapultepec no son sólo comilonas, también son cotillas.

Hace frío pero Ana María no lleva abrigo sino una manta marrón que le tapa los hombros y la envuelve. Sí, de lejos es como el tronco de un arbolito pero más suave y, seguramente, con muchas menos hormigas en peregrinación.

Ana María tiene muchas ganas de hablar. Muchas. Casi tantas como los árboles del parque. Doris y el papá de Nemo hablaban en balleno… lástima que yo no hable secuoyano para que me cuenten sus historias. Pero Ana María sí cuenta cosas: “Yo antes vivía en Yucatán, en la selva, con mi hijo”. “Me gustan los árboles grandes”. “Ahora vivo con mi hermana allá – y vuelve a alargar el brazo, pero ahora con el dedo índice muy estirado hacia Constituyentes – y yo vengo aquí cada día con la bufanda. Es para mi hermana”.

Y Ana María sigue tricotando mientras yo me alejo y dejo de distinguirla entre el marrón, y el verde, y la sombra, y las ardillas. Seguramente ella sí habla secuoyano… Seguramente, Ana María es un árbol más de Chapultepec.

Superpoderes y carreras en Maguey

Los cangrejos de la playa de Maguey tienen superpoderes y viven haciendo carreras. Avanzan hacia delante… avanzan en diagonal… seguramente intentan despistarse entre ellos para conseguir ser los vencedores.

Los cangrejos de la playa de Maguey son de color arena y, a veces, usan el poder de la invisibilidad. Pero no siempre es necesario, otros veces esconden en las pisadas de los humanos a la velocidad de la luz. Entonces, levantan el periscopio: derecha, izquierda… “Oh, oh, tengo a uno avanzando a escasos 20 centímetros”. De nuevo, velocidad flash y creación rápida de cuevita.

Ahora entiendo la cantidad de pompitas que se forman en la orilla cuando sube y baja la marea, ¡son los escudos de protección que desarrollan los cangrejos en su excursión a la meta!

Esa meta la imagino en un lugar aproximado entre la arena seca y la mojada (yo no puedo verla porque no tengo visión rayos X, pero ellos sí la ven). Y cuando por fin los cangrejos llegan, levantan el periscopio contentos y miran alrededor. Con esto se aseguran de que los demás también han sacado el periscopio y ya han visto quién es el primero, o el segundo, o el número que corresponda.  Y, contentos, usan su supervelocidad para volver a empezar su carrera hasta la meta.

Los cangrejos de la playa de Maguey tienen superpoderes y viven haciendo carreras.

La fila 13 de los aviones

Estás como la fila 13 de los aviones,
Como el olor a azahar en el mar.
Estás como el picudo en las palmeras,
Como el cuerpo de la Esperanza bajo la tela.

Porque sería hermoso el Atlántico oliendo a azahar,
Y evitar quebraderos numerales que solo roban tiempo.
Porque sería hermoso que las mismas palmeras estuvieran,
Y que la Esperanza no cupiera en una maleta, por trozos.

Porque sería hermoso… y aliviaría.

El parque de los perros

O donde los humanos deben pedir permiso para entrar

Me pregunto si lo perros pueden leer. Seguro que sí, pero son tan listos que hacen como que no para que los humanos lo hagamos por ellos. Y eso es lo que pasa en este parque.

Entre árboles altos salpicados por jacarandas hay un cartel que reza las reglas de oro para ser un buen dueño. En él se leen cosas del tipo: “No dejes que el animal defeque en vía pública”, “El perro debe comer siempre en su propio plato” o “Asegúrate de que siempre tiene agua fresca”. Así, hasta 10, como en las tablas de Moisés. Los hombres, como sabemos, somos seres egoístas. Por tanto, a mí sólo se me ocurre una cosa: eso, claramente, lo escribió un perro.

Algunos toman el sol. La mayoría toman la sombra, alineaditos, tumbados, juntos pero sin tocarse, mirando de vez en cuando a los que pasamos. Desde cualquier punto del parque se respira un olor pesado y penetrante que podríamos denominar hedor canino. Pero es el parque de los perros y a los humanos no nos queda otra que acostumbrarnos.

Esos perros han contratado a un par de personas que los atienden dándoles agua, velándolos, y a otro par que los va paseando por turnos, de uno en uno, de dos en dos, pero jamás de tres en tres. El parque de los perros es un parque muy exclusivo.

Hay un número aproximado de diez lanzamientos de pelota por minuto acompañados de saltos, ladridos, y movimientos frenéticos de colas. Hay una proporción de dos perros por cada humano. Y por eso, cada vez que paseo lo hago con mucho respeto, me paro cuando alguno cruza mi camino, cuando otro se me acerca a prestarme su pelota… Porque claro, es su parque.

Y es que, sean capaces de leer o no, hayan aprendido a escribir o no, los perros han colonizado un trocito de la segunda ciudad más grande del mundo. Y ya tienen su propio parque: el parque de México, el parque de los perros.

“¡Hoy las patatas, hoy el Papi!”

La voz de El Papi es un boomerang sonoro en la playa de El Puerto. Resuena desde hace años y nunca va más allá de los pisos, nunca va más allá las rocas de La Calita.

El Papi es un señor que sólo sabe tres frases:
1. “Hoy las patatas, hoy El Papi” (porque vende patatas fritas en bolsa),
2. “El Papi, el auténtico, el del Buzo” (porque sólo hay uno y se pasea por la playa de El Buzo),
3. “Qué alegría de verano, qué alegría” (porque trabaja cuando hace calorcito y las playas se llenan de gente).
A veces también dice: “Hoy las patatas, Paaaaaaapiiiiiiiii”, pero como es una variación de la primera, no cuenta.

El Papi es un señor muy morenito, tanto, que yo creo que en verdad es negro, negro; de África por lo menos. Y sólo viste de blanco y cuando sonríe, la camisa de mangas largas se refleja en sus dientes… o quizá se los ha blanqueado. Y es que a El Papi le ha tocado la lotería. O al menos eso dice la gente por la playa. Cuando toca la lotería (aunque a mí no me ha pasado nunca) me imagino una piscina llena de monedas de oro y un gran trampolín. Como El Papi ha seguido trabajando vendiendo patatas, supongo que sólo le ha tocado un trocito de una piscina… y no debe tener trampolín.

El Papi en la playa de El Puerto

Cuando éramos pequeños, los sábados y los domingos por la mañana bajábamos todos a la playa. Bueno, todos todos no, porque la abuela se quedaba arriba en el Olivino cocinando para las casi 20 personas que completábamos entonces a esos todos todos: ¡oh, maravillosos chipirones en su tinta! ¡oh, esas tortillas con bechamel!

Y el tío Urbano siempre compraba dos paquetes para todos los primos. Porque el tío Urbano era amigo de El Papi y se entendía con él aunque sólo dijera tres frases. Y nos decía: “Pero luego tenéis que comer todo lo que ponga la abuela, ¿eh?”. Y todos asentíamos mientras nos peleábamos por el único paquete que quedaba ya paseando de unas manos a otras. Es que comíamos muy rápido. A veces, con las prisas, alguna patata aterrizaba en la arena. Pero no pasaba nada, sólo se convertía en una patata crocante que estaba igual de rica aunque más crujiente (estas son las cosas que uno probaba cuando tenía que pelearse por dos paquetes de patatas con todos sus primos).

El Papi a veces también pasa en silencio, sin voz, sin boomerang, rápido, con su cesta de mimbre vacía… aunque últimamente ha cambiado la cesta por un bolso de cuadros acorde con los nuevos tiempos. Cuando eso pasa, sabes que va de vuelta a cargar la cesta y la voz para seguir vendiendo y para volver a lanzar el boomerang sonoro que resuene por toda la playa, nunca más allá de los pisos, nunca más allá de las rocas de La Calita.

De nudos negros y carreteras que irían al Olivino

“Ya”.
Colgó, se acurrucó en el sofá rápido. Pero no había lágrimas ni nada.
Estaban ahí porque notaba el nudo de la garganta. De esos que aprietan hacia arriba.
Saltó del sofá, miró a su alrededor. La maleta. Sí, eso. La maleta.
¿Pantalón y camisa? ¿Camiseta con chaqueta? ¿O una falda y…?
Vació el armario en la maleta. El nudo seguía apretando, ahora hacia atrás.
Cogió el móvil, miró a su alrededor. Un primo, una prima… un hermano… India.
Aviones, trenes… pero no, decidió coger el coche. Las llaves estaban en la tercera balda de la estantería.
Colgando, Darth Vader Lego, de negro. Porque Darth Vader viste de negro. Cogió el abrigo negro.
Un limbo de 6 horas de coche, de colgar, de dormir, de mirar hacia atrás.
Y el coche bordeó  Jerez. Y paró en el principio de la carretera hacia el Olivino.
La diferencia era que esta vez era más final que principio.
Miró a su alrededor y se derrumbó.
“Ya”.
Y el nudo de la garganta se soltó.

Al abuelo Carlos 4 años después


¿Aleluya?*

Nota: se aconseja reproducir durante la lectura la versión de Hallelujah de Jeff Buckley.

Lunes
Anticipando
Libertad.
Encerrada dentro,
Lindando en el encuentro.
Una del todo.
Yo, así.
Allá.

Jueves
Ansiosamente
Laboriosa.
Encierro y voluntario
Lejos del todo.
Unidad, individual.
Yo, así.
Aquí.

Domingo
Ansiando
Lentitud.
Encierro forzoso
Liberando anhelo.
Única en el todo.
Yo, así.
Allí.

*Aleluya: del lat. bíblico halleluia, y este del hebr. hallĕlū yăh, alabad a Dios.
        2. interj. U. para demostrar júbilo.

La ola

La pequeña Carlota vivía al lado del mar,

Y todas las mañanas paseaba para oírlo susurrar.

Donde rompían las olas siempre podía ver

Lindas caracolas que no se podían mover.

Las cogía suavemente y acercaba su oreja

Así le parecía que el mar no podía tener rejas.

Y entonces Carlota pensaba que el mar era un amigo

Y se lanzaba de cabeza sin miedo a pasar fresquito.

Hasta que un día estando en la orilla del mar

Fue el propio mar quien se le quiso acercar.

Las caracolas nerviosas golpearon en sus pies,

Mientras la pequeña Carlota sonreía de placer.

Y es que una gran ola cayó sobre su cabeza,

Mientras el mar se embravecía al ver su proeza.

Y entonces Carlota pensó que el mar era su amigo

Y se zambulló tranquila sin miedo a pasar fresquito.

Carlota, contenta, nadó hacia alta mar

Y dijo que a tierra no quería regresar.

El mar muy alegre la convirtió en sirena,

Y desde entonces Carlota nada sin fronteras.

Carlota, ahora, le oye todo el rato susurrar,

Y vive contenta con las caracolas en el fondo del mar.

El día que Poc se perdió / The day Poc got lost

La historia de una pulga con ganas de conocer mundo y un lince con ganas de encontrar el hogar ideal; la historia de una pulga que desaparece un buen día y un lince que decide buscarle… pero, sobre todo, la historia de dos amigos que se cuidan: El día que Poc se perdió.

The story of a tick willing to go around the world and a lynx willing to find the best home to live; the story of a tick that dissapears one day and a lynx that decides to look for him… but, above all, the story of two friends taking care of each other: The day Poc got lost.

Una servidora ha dado vida a estos animales a través de las palabras y Maite Mutuberria les ha dado forma con las ilustraciones y el diseño (grande el trabajo de Maite).

Por diferentes motivos, el cuento completo no está disponible on-line pero si quieres ver más del proyecto, apadrinarlo o comprarlo, ponte en contacto con nosotras y te informaremos encantadas ^_^

I’ve given life to these animals through the words and Maite Mutuberria has given shape to them with her illustrations and design (great work BTW).

The tale is not available on-line but if you want to see more about the project, sponsor it or even buy it, let us know and we’ll be happy to give you more info ^_^