Yogur en envase de flan…

…aspirando a la búsqueda del uno.

YOGUR:
1. Variedad de leche fermentada, que se prepara reduciéndola por evaporación a la mitad de su volumen y sometiéndola después a la acción de un fermento denominado maya.

FLAN:
1. Dulce que se hace con yemas de huevo, leche y azúcar, y se cuaja en el baño de María, dentro de un molde generalmente bañado de azúcar tostada.

UNO:
1. Que no está dividido en sí mismo.
2. Dicho de una persona o de una cosa: Identificada o unida, física o moralmente, con otra.

la foto

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Ana María, un árbol en Chapultepec

Ana María es como uno de los árboles de Chapultepec, pero mucho más chiquita y con el pelo blanco y no verde. Siempre está sentada al pie del camino en un banco, pasando las horas con los pies juntitos entre la sombra y las ardillas. Me acerco y la miro en silencio.

“Si les ofreces comida así – dice mientras alarga el brazo con la mano hecha un cuenquito  – las ardillas comen de tu palma”. Pero ella no lo hace porque está ocupada. Ana María tricota una bufanda verde, despacito, ignorando a las ardillas que corren por el respaldo de su banco y se asoman por encima del hombro a curiosear. Las ardillas de Chapultepec no son sólo comilonas, también son cotillas.

Hace frío pero Ana María no lleva abrigo sino una manta marrón que le tapa los hombros y la envuelve. Sí, de lejos es como el tronco de un arbolito pero más suave y, seguramente, con muchas menos hormigas en peregrinación.

Ana María tiene muchas ganas de hablar. Muchas. Casi tantas como los árboles del parque. Doris y el papá de Nemo hablaban en balleno… lástima que yo no hable secuoyano para que me cuenten sus historias. Pero Ana María sí cuenta cosas: “Yo antes vivía en Yucatán, en la selva, con mi hijo”. “Me gustan los árboles grandes”. “Ahora vivo con mi hermana allá – y vuelve a alargar el brazo, pero ahora con el dedo índice muy estirado hacia Constituyentes – y yo vengo aquí cada día con la bufanda. Es para mi hermana”.

Y Ana María sigue tricotando mientras yo me alejo y dejo de distinguirla entre el marrón, y el verde, y la sombra, y las ardillas. Seguramente ella sí habla secuoyano… Seguramente, Ana María es un árbol más de Chapultepec.

Superpoderes y carreras en Maguey

Los cangrejos de la playa de Maguey tienen superpoderes y viven haciendo carreras. Avanzan hacia delante… avanzan en diagonal… seguramente intentan despistarse entre ellos para conseguir ser los vencedores.

Los cangrejos de la playa de Maguey son de color arena y, a veces, usan el poder de la invisibilidad. Pero no siempre es necesario, otros veces esconden en las pisadas de los humanos a la velocidad de la luz. Entonces, levantan el periscopio: derecha, izquierda… “Oh, oh, tengo a uno avanzando a escasos 20 centímetros”. De nuevo, velocidad flash y creación rápida de cuevita.

Ahora entiendo la cantidad de pompitas que se forman en la orilla cuando sube y baja la marea, ¡son los escudos de protección que desarrollan los cangrejos en su excursión a la meta!

Esa meta la imagino en un lugar aproximado entre la arena seca y la mojada (yo no puedo verla porque no tengo visión rayos X, pero ellos sí la ven). Y cuando por fin los cangrejos llegan, levantan el periscopio contentos y miran alrededor. Con esto se aseguran de que los demás también han sacado el periscopio y ya han visto quién es el primero, o el segundo, o el número que corresponda.  Y, contentos, usan su supervelocidad para volver a empezar su carrera hasta la meta.

Los cangrejos de la playa de Maguey tienen superpoderes y viven haciendo carreras.

El parque de los perros

O donde los humanos deben pedir permiso para entrar

Me pregunto si lo perros pueden leer. Seguro que sí, pero son tan listos que hacen como que no para que los humanos lo hagamos por ellos. Y eso es lo que pasa en este parque.

Entre árboles altos salpicados por jacarandas hay un cartel que reza las reglas de oro para ser un buen dueño. En él se leen cosas del tipo: “No dejes que el animal defeque en vía pública”, “El perro debe comer siempre en su propio plato” o “Asegúrate de que siempre tiene agua fresca”. Así, hasta 10, como en las tablas de Moisés. Los hombres, como sabemos, somos seres egoístas. Por tanto, a mí sólo se me ocurre una cosa: eso, claramente, lo escribió un perro.

Algunos toman el sol. La mayoría toman la sombra, alineaditos, tumbados, juntos pero sin tocarse, mirando de vez en cuando a los que pasamos. Desde cualquier punto del parque se respira un olor pesado y penetrante que podríamos denominar hedor canino. Pero es el parque de los perros y a los humanos no nos queda otra que acostumbrarnos.

Esos perros han contratado a un par de personas que los atienden dándoles agua, velándolos, y a otro par que los va paseando por turnos, de uno en uno, de dos en dos, pero jamás de tres en tres. El parque de los perros es un parque muy exclusivo.

Hay un número aproximado de diez lanzamientos de pelota por minuto acompañados de saltos, ladridos, y movimientos frenéticos de colas. Hay una proporción de dos perros por cada humano. Y por eso, cada vez que paseo lo hago con mucho respeto, me paro cuando alguno cruza mi camino, cuando otro se me acerca a prestarme su pelota… Porque claro, es su parque.

Y es que, sean capaces de leer o no, hayan aprendido a escribir o no, los perros han colonizado un trocito de la segunda ciudad más grande del mundo. Y ya tienen su propio parque: el parque de México, el parque de los perros.