Esperando a 8 y 9

Habían llegado 6 pero sólo había café para 2. Dicen que un rato serán 8 ó 9. Cuando lleguen 2 ó 3 más va a ser una paranoia… sobre todo, para los que ya están.

Momentos antes…
1 y 2 se miraron mientras los demás charlaban.
– ¿Nos sentamos todos alrededor de la mesita y repartimos lo que hay? – dijo 1 mirando la jarrita humeante.
– No seas cutre. No hay para todos.
1 miró a su alrededor.
– Bueno… supongo que ninguno estaría contento de todas maneras con tan poquito.

La clave estaba en mantener a los demás distraídos. Luego, debían hacerles creer que eran necesarios e importantes. 2 dio un codazo a 1:
– Pon a 3 y a 4 a servir. 5 y 6 pueden sentarse a hacer ganchillo.
– ¿Ganchillo?
– El mantel y las servilletas se verán preciosos cuando nos tomemos el café – 2, contento, guiñó un ojo a 1. 1 suspiró negando con la cabeza y resignado.
Y así lo hicieron… Aunque 3, 4, 5 y 6 no terminaban de tener claro que eso fuera lo más justo, el ver todo decidido y en ejecución les hacía mucho más duro pensar en enfrentarse a 1 y a 2. Y les habían invitado a todos a tomar ese café… aunque no estaban todos degustándolo, se sentían parte de toda esa ceremonia.

Hasta que después de un buen rato, 4 pensó que además de olerlo quería probar una gota y 5 sugirió que sería bueno sirviendo. Se hizo un pequeño silencio.
Y entonces la puerta se abrió.
3, 4, 5 y 6 se frotaron las manos. 1 y 2, con sus tazas en alto, miraron al rellano algo acojonados.
7 había llegado. Corría el año 2011.

En 2045, se estima que seremos 9 mil millones de habitantes en el planeta

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De relojes y preámbulos

Lola sale de la ducha reliada en una toalla blanca. Alarga la mano hacia el estante.
1235. Rojo. El dedo siempre se desliza donde no debe cuando tienes prisa.
1232. Verde. Ahora sí.
Actualizar. ¿Cómo no ha podido caer aún?
Quizá lo ha mandado al otro correo.
El dedo salta por la pantalla. Se desliza hacia abajo.
Tampoco.
Se supone que me lo iba a mandar hace media hora. No llego.
Suspiro.
No debería haber aceptado. Le da igual.
Bloqueo.

Lola mira al vacío mientras se sube las braguitas negras.
1232. Verde. Salto, desliz, salto.
Última vez hoy a las 20:06.
Son las 20:07. Joder, me lo podía haber mandado ya.

Lola alarga la mano hacia el estante. Suelta.
Se abrocha el sujetador. Mete el vestido por la cabeza. Negro y largo.
Podría llamarle. No, bueno… voy a parecer desesperada.
Si en 15 minutos no dice nada, no voy. Esto no es serio.

Lola se cepilla el pelo. Línea. Color. Bip-bip. Rímel. Bip-bip.
POR FIN. Sonríe de oreja a oreja y alarga la mano.
1232. Verde. Felipe Trabajo ha compartido su ubicación con usted. Lola tiene la cabeza ligeramente ladeada.
Salta una imagen: Felipe Trabajo. Ring-ring-ring. Sonríe emocionada.
Contestar o rechazar. Verde.
– Sí, sí. Tranquilo (pausa). Qué vaaa… si he estado arreglándome tranquilamente. Ya ni me acordaba que me lo tenías que mandar. Ahora nos vemos.
Lola acaricia la pantalla.

Y el smartphone va a su funda.
Y la funda al bolsillo lateral del bolso.
Y el bolso va al hombro.
Y el hombro es parte de Lola.
Todos salen contentos a la calle.

Porque ya no se da cuerda pero se recarga.
Porque ya no se ata a la muñeca pero siempre acompaña.
Porque sigue siendo necesidad, obsesión y una parte precaria de nosotros mismo.
Porque ya lo dijo Cortázar.

La fila 13 de los aviones

Estás como la fila 13 de los aviones,
Como el olor a azahar en el mar.
Estás como el picudo en las palmeras,
Como el cuerpo de la Esperanza bajo la tela.

Porque sería hermoso el Atlántico oliendo a azahar,
Y evitar quebraderos numerales que solo roban tiempo.
Porque sería hermoso que las mismas palmeras estuvieran,
Y que la Esperanza no cupiera en una maleta, por trozos.

Porque sería hermoso… y aliviaría.

¿Aleluya?*

Nota: se aconseja reproducir durante la lectura la versión de Hallelujah de Jeff Buckley.

Lunes
Anticipando
Libertad.
Encerrada dentro,
Lindando en el encuentro.
Una del todo.
Yo, así.
Allá.

Jueves
Ansiosamente
Laboriosa.
Encierro y voluntario
Lejos del todo.
Unidad, individual.
Yo, así.
Aquí.

Domingo
Ansiando
Lentitud.
Encierro forzoso
Liberando anhelo.
Única en el todo.
Yo, así.
Allí.

*Aleluya: del lat. bíblico halleluia, y este del hebr. hallĕlū yăh, alabad a Dios.
        2. interj. U. para demostrar júbilo.

La ola

La pequeña Carlota vivía al lado del mar,

Y todas las mañanas paseaba para oírlo susurrar.

Donde rompían las olas siempre podía ver

Lindas caracolas que no se podían mover.

Las cogía suavemente y acercaba su oreja

Así le parecía que el mar no podía tener rejas.

Y entonces Carlota pensaba que el mar era un amigo

Y se lanzaba de cabeza sin miedo a pasar fresquito.

Hasta que un día estando en la orilla del mar

Fue el propio mar quien se le quiso acercar.

Las caracolas nerviosas golpearon en sus pies,

Mientras la pequeña Carlota sonreía de placer.

Y es que una gran ola cayó sobre su cabeza,

Mientras el mar se embravecía al ver su proeza.

Y entonces Carlota pensó que el mar era su amigo

Y se zambulló tranquila sin miedo a pasar fresquito.

Carlota, contenta, nadó hacia alta mar

Y dijo que a tierra no quería regresar.

El mar muy alegre la convirtió en sirena,

Y desde entonces Carlota nada sin fronteras.

Carlota, ahora, le oye todo el rato susurrar,

Y vive contenta con las caracolas en el fondo del mar.

La cafetera

La radio de Don Florencio Ortega se encendía automáticamente a las 9.00. Vomitaba noticias y comentarios a un ritmo trepidante, tanto, que en realidad sonaba como un run-rún de fondo durante esa primera media hora sin que nadie le hiciera caso.

A las 9.30, sonaba el despertador metálico de Amalia. Amalia era la vecina del 4ºB. Vivía sola desde que hace tres años cuando había muerto su marido. Y debía estar sorda, la alarma siempre sonaba tan alto que despertaba del todo a Don Florencio. Y esa, desde hacía unos años, era la hora oficial de empezar el día. Don Florencio Ortega se incorporaba, enfundaba unas pantuflas azules en sus pies, y se dirigía a la cocina. Adormilado, con el pelo blanco revuelto, arrastraba los pies por delante de una gran alfombra con lamparones que colgaba de la pared y hacía una primera parada delante del retrete. Luego seguía su camino hacia la cafetera que reposaba encima de los fogones.

Don Florencio Ortega abría la puerta de la casa. Colgando del pomo solía haber una bolsa de plástico blanca con media barra de pan. Asomaba la cabeza, miraba a un lado, a otro… Sabía que cada día el pan estaba allí, pero nunca veía a nadie. Tampoco le importaba mucho, pero quizá simplemente a alguien le sobraba. Quizá la del 4ºA que vivía sola y era mujer muy delgada.

Don Florencio Ortega terminaba de desayunar y se sentaba a mirar por la ventana. Luego abría la nevera a eso de las 12.00. Echaba un vistazo a los restos de la cena dentro de un recipiente de plástico, algún yogur… miraba el reloj. Debía darse prisa o las dos ancianas del 1º le quitarían su banquito en el parque. Así que se dirigía al baño, abría el grifo de la ducha y llenaba una pequeña palangana celeste de agua caliente. Don Florencio no se frotaba a conciencia, pero se mojaba desde la cabeza a los pies. Cuando se secaba, cogía un pantalón oscuro y un jersey. Tenía 3 y le gustaba ponerse uno diferente cada día.

Caminaba muy lentamente calle abajo buscando su banquito. A medio camino, paraba en el banco y entraba a preguntar cómo iban sus gastos. Pepe, el simpático señor de la ventanilla que siempre le atendía, le informaba de cualquier movimiento: “le han ingresado la ayuda”, “hoy le han quitado lo del agua”, “no se olvide que este mes no ha ingresado aún la derrama”, o simplemente “todo está en orden”… y entonces Don Florencio se iba contento hacia el parque. Se sentía feliz y autosuficiente.

Ahí solía sentarse. Le gustaba ver a la gente pasar: los modelitos estrafalarios, los perros cagones con dueños guarros, las papeleras rebosantes… casi siempre, encontraba en su banquito un periódico de esos gratuitos. Siempre que encontraba uno lo cogía solemne y pasaba todas las páginas una a una. Luego estaba tan cansado que volvía a casa, calentaba las sobras de la cena en el microondas y se colocaba en el sofá con las noticias puestas de fondo y una gran jarra de agua delante. Al acabar, se quedaba ahí, con los ojos a medio cerrar (o medio abrir), y la cabeza dando bandazos de un lado para otro.

Por la tarde, Amalia, la vecina del 4ºB, siempre se pasaba con una cafetera llena de café y le hacía levantarse de su trance. Charlaban el rato que les llevaba beberse un café en taza pequeña. Del tiempo, a lo mal que andaba la juventud hoy día, del parón que tuvo la otra mañana el ascensor o del último cotilleo de la vecina que vivía sola en el 4ºA. Don Florencio no disfrutaba especialmente con su compañía, pero ella le traía la cafetera llena y se llevaba la que estuviera en los fogones vacía. Eso era de agradecer… y además, seguramente se aburría mucho.

Cuando ella se iba, volvía a encender la tele y pasaba un par de horas ahí sentado, tragándose los testimonios y los concursos de preguntas. Hasta que llegaba la gran hora, el momento de ir a buscar su cena. Desde hacía un par de años se había convertido en EL ritual, el momento más importante de todo el día.

Don Florencio Ortega andaba hacia el pequeño espejo del baño. Siempre sonaba un portazo sobre esa hora del día que hacía que el cristal temblara. Pero no le importaba, el cristal nunca se caía. Lavaba su cara a conciencia, colocaba los pelos blancos hacia atrás, todos pegaditos y sin moverse. Don Florencio rodeaba su cuello con un pañuelo gastado y cogía el bastón que sólo usaba cuando salía a por su cena. Antes de salir, ponía un par de gotas de un frasco sin nombre sobre sus muñecas.

Don Florencio Ortega perfumaba con su presencia el ascensor y salía a la calle con la cabeza bien alta. Andaba hacia el parque, a la entrada, no hacía falta que llegara hasta su banquito. Allí, grandes bolsas grises y amarillas reposaban amontonadas. La carta del día estaba servida. Pero él ya se sabía el truco después de varios años. Debía buscar una pequeña bolsa gris, pequeña como dos manos abiertas. Don Florencio retiraba algunas bolsas con su bastón. Después de un par de bastonazos, solía encontrar su bolsa de comida caliente. Auténticos manjares que algún desconsiderado tiraba sin probar. Siempre metidos en recipientes rígidos de plástico transparente. Así, siempre igual desde hacía tres años.

Don Florencio regresaba a casa con el bastón bajo el brazo y su bolsita en la otra. Comía con la chaqueta puesta, y guardaba las sobras en la nevera. Don Florencio veía un poco la tele y se acostaba a medianoche.

A esa misma hora, como todos los días, Amalia secaba una cafetera, la guardaba al lado de varios recipientes de plástico transparente vacíos y se iba a dormir.

Ya en la cama, cogía los dos relojes de su mesita de noche. Preparaba la alarma del primero a las 8:00 y lo ponía en el suelo con una pequeña almohada encima. La otra alarma, de un reloj grande y antiguo con timbre de metal, a las 9:30. Siempre lo pegaba a la pared de la habitación. Y antes de cerrar los ojos, miraba hacia el único marco que custodiaba su mesita de noche y sonreía. Era un marco de plata con una foto de Don Florencio Ortega… y su bastón.