“¡Hoy las patatas, hoy el Papi!”

La voz de El Papi es un boomerang sonoro en la playa de El Puerto. Resuena desde hace años y nunca va más allá de los pisos, nunca va más allá las rocas de La Calita.

El Papi es un señor que sólo sabe tres frases:
1. “Hoy las patatas, hoy El Papi” (porque vende patatas fritas en bolsa),
2. “El Papi, el auténtico, el del Buzo” (porque sólo hay uno y se pasea por la playa de El Buzo),
3. “Qué alegría de verano, qué alegría” (porque trabaja cuando hace calorcito y las playas se llenan de gente).
A veces también dice: “Hoy las patatas, Paaaaaaapiiiiiiiii”, pero como es una variación de la primera, no cuenta.

El Papi es un señor muy morenito, tanto, que yo creo que en verdad es negro, negro; de África por lo menos. Y sólo viste de blanco y cuando sonríe, la camisa de mangas largas se refleja en sus dientes… o quizá se los ha blanqueado. Y es que a El Papi le ha tocado la lotería. O al menos eso dice la gente por la playa. Cuando toca la lotería (aunque a mí no me ha pasado nunca) me imagino una piscina llena de monedas de oro y un gran trampolín. Como El Papi ha seguido trabajando vendiendo patatas, supongo que sólo le ha tocado un trocito de una piscina… y no debe tener trampolín.

El Papi en la playa de El Puerto

Cuando éramos pequeños, los sábados y los domingos por la mañana bajábamos todos a la playa. Bueno, todos todos no, porque la abuela se quedaba arriba en el Olivino cocinando para las casi 20 personas que completábamos entonces a esos todos todos: ¡oh, maravillosos chipirones en su tinta! ¡oh, esas tortillas con bechamel!

Y el tío Urbano siempre compraba dos paquetes para todos los primos. Porque el tío Urbano era amigo de El Papi y se entendía con él aunque sólo dijera tres frases. Y nos decía: “Pero luego tenéis que comer todo lo que ponga la abuela, ¿eh?”. Y todos asentíamos mientras nos peleábamos por el único paquete que quedaba ya paseando de unas manos a otras. Es que comíamos muy rápido. A veces, con las prisas, alguna patata aterrizaba en la arena. Pero no pasaba nada, sólo se convertía en una patata crocante que estaba igual de rica aunque más crujiente (estas son las cosas que uno probaba cuando tenía que pelearse por dos paquetes de patatas con todos sus primos).

El Papi a veces también pasa en silencio, sin voz, sin boomerang, rápido, con su cesta de mimbre vacía… aunque últimamente ha cambiado la cesta por un bolso de cuadros acorde con los nuevos tiempos. Cuando eso pasa, sabes que va de vuelta a cargar la cesta y la voz para seguir vendiendo y para volver a lanzar el boomerang sonoro que resuene por toda la playa, nunca más allá de los pisos, nunca más allá de las rocas de La Calita.

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