La cafetera

La radio de Don Florencio Ortega se encendía automáticamente a las 9.00. Vomitaba noticias y comentarios a un ritmo trepidante, tanto, que en realidad sonaba como un run-rún de fondo durante esa primera media hora sin que nadie le hiciera caso.

A las 9.30, sonaba el despertador metálico de Amalia. Amalia era la vecina del 4ºB. Vivía sola desde que hace tres años cuando había muerto su marido. Y debía estar sorda, la alarma siempre sonaba tan alto que despertaba del todo a Don Florencio. Y esa, desde hacía unos años, era la hora oficial de empezar el día. Don Florencio Ortega se incorporaba, enfundaba unas pantuflas azules en sus pies, y se dirigía a la cocina. Adormilado, con el pelo blanco revuelto, arrastraba los pies por delante de una gran alfombra con lamparones que colgaba de la pared y hacía una primera parada delante del retrete. Luego seguía su camino hacia la cafetera que reposaba encima de los fogones.

Don Florencio Ortega abría la puerta de la casa. Colgando del pomo solía haber una bolsa de plástico blanca con media barra de pan. Asomaba la cabeza, miraba a un lado, a otro… Sabía que cada día el pan estaba allí, pero nunca veía a nadie. Tampoco le importaba mucho, pero quizá simplemente a alguien le sobraba. Quizá la del 4ºA que vivía sola y era mujer muy delgada.

Don Florencio Ortega terminaba de desayunar y se sentaba a mirar por la ventana. Luego abría la nevera a eso de las 12.00. Echaba un vistazo a los restos de la cena dentro de un recipiente de plástico, algún yogur… miraba el reloj. Debía darse prisa o las dos ancianas del 1º le quitarían su banquito en el parque. Así que se dirigía al baño, abría el grifo de la ducha y llenaba una pequeña palangana celeste de agua caliente. Don Florencio no se frotaba a conciencia, pero se mojaba desde la cabeza a los pies. Cuando se secaba, cogía un pantalón oscuro y un jersey. Tenía 3 y le gustaba ponerse uno diferente cada día.

Caminaba muy lentamente calle abajo buscando su banquito. A medio camino, paraba en el banco y entraba a preguntar cómo iban sus gastos. Pepe, el simpático señor de la ventanilla que siempre le atendía, le informaba de cualquier movimiento: “le han ingresado la ayuda”, “hoy le han quitado lo del agua”, “no se olvide que este mes no ha ingresado aún la derrama”, o simplemente “todo está en orden”… y entonces Don Florencio se iba contento hacia el parque. Se sentía feliz y autosuficiente.

Ahí solía sentarse. Le gustaba ver a la gente pasar: los modelitos estrafalarios, los perros cagones con dueños guarros, las papeleras rebosantes… casi siempre, encontraba en su banquito un periódico de esos gratuitos. Siempre que encontraba uno lo cogía solemne y pasaba todas las páginas una a una. Luego estaba tan cansado que volvía a casa, calentaba las sobras de la cena en el microondas y se colocaba en el sofá con las noticias puestas de fondo y una gran jarra de agua delante. Al acabar, se quedaba ahí, con los ojos a medio cerrar (o medio abrir), y la cabeza dando bandazos de un lado para otro.

Por la tarde, Amalia, la vecina del 4ºB, siempre se pasaba con una cafetera llena de café y le hacía levantarse de su trance. Charlaban el rato que les llevaba beberse un café en taza pequeña. Del tiempo, a lo mal que andaba la juventud hoy día, del parón que tuvo la otra mañana el ascensor o del último cotilleo de la vecina que vivía sola en el 4ºA. Don Florencio no disfrutaba especialmente con su compañía, pero ella le traía la cafetera llena y se llevaba la que estuviera en los fogones vacía. Eso era de agradecer… y además, seguramente se aburría mucho.

Cuando ella se iba, volvía a encender la tele y pasaba un par de horas ahí sentado, tragándose los testimonios y los concursos de preguntas. Hasta que llegaba la gran hora, el momento de ir a buscar su cena. Desde hacía un par de años se había convertido en EL ritual, el momento más importante de todo el día.

Don Florencio Ortega andaba hacia el pequeño espejo del baño. Siempre sonaba un portazo sobre esa hora del día que hacía que el cristal temblara. Pero no le importaba, el cristal nunca se caía. Lavaba su cara a conciencia, colocaba los pelos blancos hacia atrás, todos pegaditos y sin moverse. Don Florencio rodeaba su cuello con un pañuelo gastado y cogía el bastón que sólo usaba cuando salía a por su cena. Antes de salir, ponía un par de gotas de un frasco sin nombre sobre sus muñecas.

Don Florencio Ortega perfumaba con su presencia el ascensor y salía a la calle con la cabeza bien alta. Andaba hacia el parque, a la entrada, no hacía falta que llegara hasta su banquito. Allí, grandes bolsas grises y amarillas reposaban amontonadas. La carta del día estaba servida. Pero él ya se sabía el truco después de varios años. Debía buscar una pequeña bolsa gris, pequeña como dos manos abiertas. Don Florencio retiraba algunas bolsas con su bastón. Después de un par de bastonazos, solía encontrar su bolsa de comida caliente. Auténticos manjares que algún desconsiderado tiraba sin probar. Siempre metidos en recipientes rígidos de plástico transparente. Así, siempre igual desde hacía tres años.

Don Florencio regresaba a casa con el bastón bajo el brazo y su bolsita en la otra. Comía con la chaqueta puesta, y guardaba las sobras en la nevera. Don Florencio veía un poco la tele y se acostaba a medianoche.

A esa misma hora, como todos los días, Amalia secaba una cafetera, la guardaba al lado de varios recipientes de plástico transparente vacíos y se iba a dormir.

Ya en la cama, cogía los dos relojes de su mesita de noche. Preparaba la alarma del primero a las 8:00 y lo ponía en el suelo con una pequeña almohada encima. La otra alarma, de un reloj grande y antiguo con timbre de metal, a las 9:30. Siempre lo pegaba a la pared de la habitación. Y antes de cerrar los ojos, miraba hacia el único marco que custodiaba su mesita de noche y sonreía. Era un marco de plata con una foto de Don Florencio Ortega… y su bastón.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s