Fotos y tartas de merengue

Las veces que más cerca podías estar del abuelo era siendo pequeño. No me refiero a estar cerca de sentarte a su lado en el sofá, o  cerca de darle un beso cada vez que lo saludabas… me refiero a reír juntos y pasarlo bien, a cambiar palabras teniendo interés sobre un mismo tema.

Cuando te hacías una foto, por ejemplo, él siempre decía: “ponte güena, ponte güena”, y cruzaba los brazos con fuerza sobre su pecho. Y entonces tú te ponías seria y asentías, y por supuesto le imitabas lo mejor que sabías, cruzabas tus brazos (o lo intentabas) con fuerza y le decías: “¿Así?” y él te decía: “muy bien”. Tú te sentías genial porque lo habías hecho “muy bien” y él se sentía orgulloso de ti, ¡qué bien quedábamos en esas fotos!

A ponerse güenos

Otras veces te sentaba en su regazo y te arrancaba la nariz. Todavía me pregunto cómo lo hacía, qué crack el abuelo. Te quitaba la nariz y luego te la devolvía, pero mientras eso pasaba, tú mirabas entre sus dedos e intentabas cogerla. A ratos la hacía desaparecer… eso ya no tenía ninguna gracia, pero como luego sabías que la recuperaba, no hacía falta llorar ni nada.

Sin embargo, el mejor momento con diferencia era cuando se celebraba un cumpleaños. No sabemos quién se empeñaba en comprar las tartas de merengue chungo… no nos gustaba a ninguno, pero como el abuelo era muy listo y nos conocía, se inventó el mejor juego del mundo: cargarse la tarta para que no nos la tuviéramos que comer. El truco era muy simple, ponerte delante del pastel y decirte: “venga, huele”, y entonces tú acercabas la cara al merengue. Tú sabías que ibas a acabar lleno de pringue dulzona, el abuelo sabía que ibas a acabar lleno de pringue dulzona, los demás también lo sabían (estaban con las cámaras de foto listos para disparar: “quita, quita, que si no, no sale”)… vamos, que lo sabíamos todos. Y aún así acercabas tu naricita, y el abuelo te estampaba una colleja que incrustaba tu cara contra el pastel, ¡¡qué grande el abuelo!! ¡¡qué ocurrencias tan divertidas tenía!!

Luego, un buen cumpleaños, ya no te sentabas sobre su regazo, porque pesabas 50 kilos y ya había otro nieto que jugaba con más gusto que tú a eso del merengue. Además, ya no te hacía lo de la nariz porque se había dado cuenta de que no te lo creías como las primeras veces… y entonces ya no volvías a estar tan cerca del abuelo como tus primos pequeños… ¡¡qué envidia de aquellos que aún hoy cruzan sus brazos con fuerza para las fotos!!

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